Vacas Holstein: una pasarela a blanco y negro

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Hay pelo por doquier. Se cae al piso, se impregna en la ropa y en la piel de las personas o vuela con una fuerte corriente de aire. Parece un salón de belleza. Cada uno de los seis peluqueros tiene su máquina lista, usan un mameluco jean y buscan a sus clientes para brindarles atención. En el lugar no hay paredes, sólo tablones de madera sobrepuestos uno en el otro para formar un establo. El piso es la tierra y  como alfombra se extiende una planicie de heno, de aspecto similar a la paja.

 Con lentos movimientos, seis clientes se distribuyen en el espacio. En lugar de recibir un corte de cabello, serán trasquiladas en su totalidad. Su postura es erguida. Se apoyan en sus cuatro patas y estiran sus cuellos.

“Empiecen, por favor”, ordena Bolívar Peña, administrador de la hacienda San Agustín, ubicada a la altura del cuartel Aychapicho, en la vía a Machachi.  En esta ocasión es el anfitrión de un curso para enseñar a los futuros ganaderos o empleados de las fincas, a cortar el pelo de las vacas para una exposición. “Siempre realizamos talleres a través de la Asociación ganadera Holstein Freisian a la cual pertenezco. Además de llevar un control lechero minucioso, de producción y de razas, organizamos ferias en las que el corte dice mucho”.

Ingresa al establo. En su mano derecha lleva una máquina, parecida a las cortadoras de cabello, para trasquilar. Allí está el animal. Flexiona sus piernas y se arrodilla. Ahora su cabeza está a la altura del cuerpo de la vaca. Empieza su labor por el costado zurdo. De abajo hacia arriba, una y otra vez.

Mientras tanto, los aprendices practican. Tras ellos camina un hombre, quien supervisa la labor. Es Gustavo Navarro, secretario de Holstein. Se acerca a una de las vacas  y llama la atención de uno de los muchachos de mameluco. “Mira aquí. Aún falta cortar”. Hunde dos de sus dedos en el animal. Traza una línea curva e invisible para mostrar los errores. Falta trabajo para obtener el corte esperado. “Sólo así los jueces de un torneo pueden ver las características de las reses. Un ejemplar ideal tiene cuello largo, costillar hacia atrás y patas con buena curvatura. Con el pelo encima no se pueden observar estos rasgos”.

A estas características físicas se suma la buena alimentación. Mientras el joven continúa con su labor, la vaca aprovecha para servirse su platillo del día. El plato fuerte es el heno que está en el piso, al que acompañan granos y vitaminas.  “Cuidar de cada animal, por lo mínimo, cuesta 100 dólares”, menciona Peña, quien administra la hacienda que pertenece a su madre desde 1992.

Bolívar se incorpora. Deja a un lado la máquina y abandona el lugar. Camina hacia el lado derecho con prontitud. A lo lejos se observa un letrero con rasgos azules. Dice Ternerada.

 “Para ingresar debe desinfectar sus zapatos”, solicita Rafael Pérez, trabajador de la hacienda. Después de abrir una puerta de madera a media altura se sube a un bordo. Estira sus brazos hacia los costados y se equilibra. Levanta su pierna derecha e inmediatamente hunde su pie en cuatro esponjas. Repite la acción con su pie izquierdo. “En los zapatos se acumulan bacterias  y  los terneros son muy propensos a receptarlas y enfermarse”.

Sus botas mojadas dejan huellas en el piso, mientras avanza hacia un establo similar al anterior. Aunque éste tiene una peculiaridad. Colgadas como focos se encuentran pequeñas ramas de eucalipto. “Las plantitas contribuyen con la buena respiración de los terneros. Las dejo por dos semanas y las cambio para evitar gripes”.

Desde hace un año es el responsable del cuidado de los terneros. Para distribuir adecuadamente su trabajo, los ubica a ellos por edades. Hacia la derecha tiene a los de 3  a 6 meses. A la izquierda a los más pequeños, incluso recién nacidos. “No se pueden mezclar a las reses ni a quienes los cuidamos. Cada uno tiene un espacio en este lugar”.

Se acerca a uno de los terneros más grandes. Da palmadas en el aire y llama su atención. Extiende una de sus manos y la atraviesa por el hocico. El pequeño de color negro lame a su protector. “En la hacienda hay alrededor de 320 animales. La mayoría de ellos nacen por inseminación. Es decir, todo a través de una reproducción maniobrada por el hombre”. Después de nueve meses, la vaca está lista para dar a luz.

Rafael abandona el lugar. Saca su gorra roja de la cabeza. La usa como abanico para ventilar su rostro mientras busca a una de las vacas lecheras. La encuentra cerca de Navarro. “Este animal está preparado para 305 días de producción lechera, según los cálculos de Holstein”, explica el secretario de la asociación quien mira fijamente a la res. Presta mayor atención a la ubre que tiene el tamaño de un globo gigante. “El ordeño para extraer la leche sólo puede darse a las cuatro de la mañana o de la tarde. Puede ser manual o mecánico. Todo depende del poder económico del propietario. Pero aún no es hora”, explica al mirar su reloj. Son las 12 y media.

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El viento aumenta y viene acompañado de gruesas gotas de agua. Empieza a llover y los pelos se levantan del suelo. Los aprendices se apresuran a empujar a las vacas. Pero éstas practican el caminado característico de un animal de raza: van con prosa y siempre erguidas.

Los jóvenes guardan los instrumentos. Falta terminar su trabajo aunque tendrán tiempo de aprender. “Tienen hasta septiembre para hacer que el hato (manada) se presente con buenos ejemplares” dice Peña. Para entonces Holstein Freisian presentará la mejor feria ganadera de todos los años.

Por: Jéssica Pazmiño

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Publicado el julio 5, 2011 en Cuídame, Quinta Edición. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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