Mi amor por los caballos supera todo

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Gabriela Platonoff se declara amante de los caballos. Desde pequeña estuvo cerca de los equinos. Hoy su amor por ellos es incondicional.

Mi familia siempre estuvo en constante contacto con la hípica y con los caballos, tanto mi padre como mi madre. No solo eran aficionados a este deporte, también lo practicaban.

Desde muy pequeña me involucré en este mundo. El cariño por los caballos y los animales fue algo muy natural en mí. Nunca sentí miedo frente a ninguno. Por el contrario, me provocan sentimientos muy nobles.

Cuando tenía siete años practiqué equitación en diferentes escuelas privadas. Creo que la mejor enseñanza es el saber amar y respetar al animal. En este deporte hay que encontrar una conexión con el cuadrúpedo.

No es como muchos piensan que cualquier jinete puede montar a un caballo y saltar. Se debe tener un control exacto de los movimientos que realiza en la pista. Es por ello que se dice en la hípica que uno más uno es igual a uno, ya que el hombre y el animal se complementan.

En la hacienda, mis padres mantienen a sus caballos, y pese a que yo podía montarlos, mi deseo siempre fue tener uno propio, por el cual yo pague.

Por eso en el verano del 2007 opté por trabajar. Decidí ir de intercambio a Estados Unidos donde ahorré cada centavo para poder tener mi caballo, por el cual sentía una obsesión.

Sin embargo, el costo de mantenimiento es muy alto. El valor del animal está entre los 2.000 y 10.000 dólares. Es decir, se necesita una importante inversión económica.

A esto se suma la disponibilidad de tiempo para cuidar a otro ser vivo.

Por ello no pude comprar mi propio equino. Pero sigo trabajando para cumplir con algo que se ha convertido en una meta personal y no un capricho.

Por ahora, al caballo que más quiero y con el cual estoy en constante contacto es Arón, que pertenece a mi actual novio. En realidad, a mi pareja lo conocí en un concurso de equitación y este gusto en común ha fortalecido nuestra relación.

Mis padres tienen una hacienda ecológica donde los caballos son libres. Pero por motivos de trabajo no puedo ir con frecuencia. Sin embargo a Arón lo visito mínimo tres veces por semana, debido a que se encuentra en un establo cerca de la ciudad.

Comparto mucho tiempo con él y he llegado a quererlo como propio. Siento que es mío. Lo cuido y siempre estoy pendiente de lo que le pasa o lo que necesita.

Inclusive mi novio entre risas me ha reclamado diciendo que más tiempo le dedico al caballo que a él. Pero en realidad me entiende y comparte mi amor por estos maravillosos animales.

El cariño por los caballos ha marcado mi vida. A muchas personas les gusta el fútbol, la música, o las artes, y viven para y por ello. Es lo mismo que yo siento, con la diferencia que lo mío es amar a otro ser vivo.

A continuación un vídeo sobre la hípica 

 

Por: Sebastián Machado 

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Publicado el junio 7, 2011 en Apasionados, Cuarta Edición. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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