Gallos finos, los luchadores del ruedo

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Parece un partido de fútbol: graderíos llenos, ojos brillantes, manos sudorosas, concentración en la jugada, gritos de aliento y cerveza circulando. Pero la diferencia radica en reemplazar el césped de una cancha rectangular por un círculo de arena rodeado de tablones de madera. Un ruedo en el que sólo dos contrincantes disputan el triunfo.

“Le voy al pata blanca”, grita Silvia Gaibor, una mujer de mediana estatura que disfruta de las peleas de gallos. Todos los martes y viernes en la noche asiste a la Gallera Barrionuevo, en el sur de Quito. “Es como un deporte para mis ojos. Aquí se juega mucho dinero y como en todo, se gana o se pierde”.

Inserta su mano derecha en la chompa negra de cuero que usa. Extrae un billete arrugado y viejo de 20 dólares. Está lista para apostar. Como ella, las personas de las dos primeras filas repiten la acción con su propio dinero. El resto de la gente bebe cerveza y como los niños, balbucea múltiples palabras pero no se entiende nada.

Mientras tanto, al ruedo ingresan tres personas: el juez con dos careadores o propietarios, que llevan en brazos a sus animales. “Hoy gano porque gano”, dice Jorge Granizo, dueño de uno de los gallos finos que competirán. Coloca a su preferido, El Negro, sobre la arena. De un bolso que lleva colgado en su hombro, saca una espuela. Es decir, una uña plástica con mucho filo. Llama a otro de los galleros para que se la coloque al costado de la pata. Es su arma mortal de ataque.

Al lugar ingresa Ricardo Garcés, gallero que espera su turno para competir. Por lo pronto, se encarga de calzar la espuela en el ave de Granizo. “Él es uno de los mejores entrenadores y  calzadores que hay aquí. Cuando  pone la espuela, seguro gana el gallo. Por eso le tengo fe”, asegura Jorge, quien se acerca al centro del corral.

La pelea va a iniciar. Gallos y careadores se miran fijamente. Las intensas luces provocan el sudor de las frentes de los propietarios. Tras múltiples jornadas de entrenamiento, están listos para disputar el pase a la final de un torneo. “El gallo fino requiere una fuerte preparación física, además de contar con buena alimentación y características en cuando a su plumaje”, comenta Garcés desde los graderíos.

Precisamente, este hombre de blancos cabellos es uno de los galleros de Chillogallo, encargado del entrenamiento de las aves finas. Dos días antes del combate prepara a los gallos.

Días atrás…

El aleteo es constante. Se da durante un minuto, sin detenimiento, hasta que una pluma blanca se desprende del cuerpo. Vuela con lentitud. Gira en el aire tres veces y cae al vacío.

Este proceso es normal cuando se trata de un gallo común y corriente. Pero con un fino, no puede suceder lo mismo. “Los que son de raza cambian de plumaje. Pero casi ni se nota. La mayoría son negros y colorados”, dice Garcés quien recoge el resultado del aleteo.

Incorpora su cuerpo y camina de retro. Está en un patio de cemento de 10 metros por cada lado. Se dirige hacia una caja de madera que está a la altura de su cabeza. De su mano izquierda se desprende la pluma hacia el piso. Encoge su saco vino hasta el codo y revisa el reloj.

Algo sucede. Frunce el ceño y presuroso, abre una de las tres puertas de la caja.  Alguien golpea con fuerza allí dentro, como deseando salir. Es un gallo colorado, el favorito de Don Ricardo, gallero de 70 años de edad.

“A esta hora, él como los otros comen. Necesitan de una buena alimentación para que tengan más peso”, menciona mientras conduce al Colorado hacia una jaula rodeada de alambre. Allí lo suelta. Está rodeado por cuatro cilíndricas jaulas, con un gallo en el interior de cada una.

Mientras tanto, Garcés abre un viejo cajón de un anaquel. Saca una lata grande de atún. Continúa con una puerta de la que obtiene un manojo de trigo. Abre otra y consigue una porción de avena. En la tercera encuentra  dulce molido. Y finamente coloca los granos de balanceado que tiene en una funda aparte. Como una fórmula mágica, mezcla todo con un cucharón.

“Me gusta darles huevo. Con eso se hacen más corpulentos”, dice Granizo. Pero a Ricardo no le hace falta. La mezcla que utiliza le parece suficiente.

“No te olvides del agua” dice una voz dulce desde un cuarto cercano. Es su esposa, Eloísa Aldáz, quien lo espera para el almuerzo. “Ella tiene razón. Necesito una pizca de agua. Sino pobres mis gallitos, se me van a atorar”, responde el gallero.

Ricardo tiene dos gallos comunes y 15 finos. Estos últimos, listos para las peleas. “La finura de ellos viene desde su madre. Deben ser hijos de una gallina fina. Y esto se nota con el plumaje brilloso y la parada erguida que tienen”, sostiene Garcés, mientras se acerca a las casetas de sus gallos. Son cubos de madera de 60 cm, ubicados en tres columnas.

Es tal la finura de los gallos que sus precios varían desde $50 a $1000 dólares. “Yo los consigo baratos. Es que la gente del ruedo ya me conoce. Algunos me regalan. Otros me venden a $25 máximo”, asegura Garcés.

Recoge un manojo de la mezcla y la coloca en la esquina de cada cubo. Sólo uno de los gallos no comerá. Necesita entrenamiento para la pelea del fin de semana. Es El Negro. “Ellos se ejercitan pasando un día y dos antes del enfrentamiento, requieren inyecciones y vitaminas”.

Ricardo tiende una alfombra. Se posiciona sobre ésta con las piernas abiertas. Se agacha y coloca al gallo a su costado derecho. Empieza la acción. El Negro atraviesa entre las piernas formando un ocho. Primero por la derecha, después por la izquierda. Y así sucesivamente, durante 100 ocasiones.

Nuevamente lo recoge. Garcés se arrodilla con dificultad. Lo toma de lado y lado y lo arroja al aire. Con cada levantamiento, las plumas saltan y se observan las piernas peladas del gallo. “Si es fino debe ser trasquilado en estas partes para que se le coloree de rojo. Así se hace más fuerte y resiste los golpes de sus contrincantes. Mientras más rojo, más fuerte”.

Esa es una de las características de los gallos de pelea, que se suma a la carencia de cresta, tras ser cortada con tijeras para que no estorbe.

La jornada de preparación casi termina. Pero hace falta la parte desafiante. Ricardo trae al gallo colorado al centro del patio. Lo toma en sus brazos y arroja al Negro. Acerca al Colorado hacia el anterior para provocar la furia. El Negro lo observa con detenimiento. Su mirada es fija. Está listo y salta. Intenta picotear a su actual contrincante.

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Regresando al ruedo…

La misma escena se ve en el campo de batalla. Los picos de los dos gallos se encuentran. Hay silencio en el graderío. Suena el pito que el juez tiene en su boca. Los gallos saltan de los brazos de sus dueños. $2000 dólares están en juego.

Por: Jéssica Pazmiño

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Publicado el junio 7, 2011 en Cuarta Edición, Cuídame. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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